martes, 13 de diciembre de 2011

¿Contradicciones del sistema?

Cuando de mujeres se trata, el fundamentalismo aflora

Una escucha y respeta las opiniones de aquellos que tienen creencias o concepciones del mundo diferentes. Atiende a sus consideraciones. También una tiene sus propias opiniones encontradas, y debe sesudamente analizar sus posturas. Por ejemplo, no es tan sencillo como decir “soy del lobo”, decir “estoy a favor del aborto”.
Hay sectores que creen fervientemente en las determinaciones de “la naturaleza”, en que los genitales con que se nace determinan un solo modo de vivir la sexualidad, que la vida humana existe desde que se unen un óvulo y un espermatozoide, que un ser superior decide cuando debemos dejar este mundo y que en esa decisión, por lo tanto, no tenemos injerencia, que no amar a un hijo es antinatural y execrable, y que hay que escuchar a “las ciencias en serio” – como si estuvieran exentas de ser influidas por ideologías – antes de tomar decisiones en estas cuestiones.
Al desafío de confrontar lo acepto, el debate siempre aporta. Pero se puede debatir cuando el otro es consecuente con sus posturas. Cuando muestra coherencia. Si todos sus argumentos desaparecen cuando las mujeres salimos del ojo de la tormenta en el debate, sospecho que más que defender la vida, venerar a Dios y a la naturaleza, o apoyar una versión de la medicina, lo único que persiguen es que la subordinación de las mujeres se perpetúe: sólo eso.
Mónica Tarducci, antropóloga social grossa (perdón, pero los términos que usan lo más jóvenes son cortitos y contundentes), sostiene en un trabajo que vale la pena leer y debatir, que los fundamentalismos que emergen en las distintas religiones a finales del siglo XX no responden tanto a cuestiones políticas, económicas, geopolíticas o sociales; sino más bien a los temores que desatan las luchas de las mujeres y sus logros.
En torno a esa idea, hago mi balance de fin de año en lo que a leyes respecta.
Si tomo las consignas que usaron para movilizar – hasta a los niños – en contra de la legalización del aborto, encuentro:


- que toda mujer naturalmente desea ser madre;
- que cuándo viene o se va la vida no es decisión nuestra;
- que no hay una postura única de la ciencia médica;
- que apoyan la postura “posta”: que hay vida desde la unión del óvulo con el espermatozoide;
- que no amar a un hijo es deleznable;
- que el libre albedrío en este caso no es tal, y que los poderes deben interferir en la toma de decisión.

Podríamos llegar a respetar estas visiones, y dejar de lado que me griten “asesina” o “inhumana”.
Pero sucede que se trataron otras leyes este año, y que algunos de los argumentos esgrimidos para no estar a favor de la legalización del aborto, serían perfectamente aplicables a las conductas que se pretende normar. Pero, misteriosamente, no dieron lugar a movilizaciones televisadas, a suspensión de clases en los colegios confesionales, o a debates planteados hasta en programas de chimentos con la mediática Cynthia Hotton.
¿Será casual? ¿O será que no importa tanto dar esos debates porque no aluden en forma directa y contundente a la autonomía de las mujeres?
Con la Ley de Muerte Digna no se atrevieron a decir los disparates que dicen frente al aborto: a nadie se le ocurrió interpelar públicamente a las madres que piden que se termine con los tormentos que prolongan artificialmente la vida de sus hijos.
Tampoco se dijo que la decisión “debe estar en manos de Dios”. Que Dios dotó al ser humano de la capacidad de hacer ciencia, y que si esa ciencia puede mantener la vida, tal vez se trate de un designio divino.
Curiosamente también, en ese punto no hubo diferentes visiones respecto de hasta cuando –en vez de desde cuándo- hay vida: la corpo médica ahí no tiene objetores de conciencia. Hay acuerdo.
Y que decida “la familia”. Claro, en este caso no es “que decida la mujer”. Comprendido.
En lo que respecta al amor al hijo, esos sectores no presentaron proyectos para excomulgar a los varones que abortan cuando no reconocen a un hijo, cuando abandonan a la madre, cuando los abandonan al divorciarse y dejan de darles su apoyo afectivo y material… Mientras la madre esté, eso no reviste mayor importancia. Por algo siguen hablando de “maternidad adolescente”: en las cuestiones de amor filial, el papel del padre es de reparto, jamás protagónico.
Tampoco cortaron calles cuando se trató la Ley de Identidad de Género, eso que sostienen que la naturaleza, y la complementariedad, y el orden correcto…Celebro que estén abriéndose a nuevas visiones. Pero, por favor, revisen todas.
También festejamos la media sanción de la Ley de Fertilización Asistida. Pero enseguida me preocupé pensando que movilizarían a la puerta de los laboratorios en que se practica la fecundación poniendo un óvulo con un espermatozoide en un tubito de ensayo. Como se sabe que hacen varios “huevos” para implantarle “los mejores” a la madre y el resto se descartan, supuse que querrían linchar a los empleados de esos laboratorios por asesinos seriales. Pero no… Sucede que la decisión de acceder a la fertilización asistida es de “la familia”, no de la mujer. Comprendido.
Además, también curiosamente sucede que los médicos no presentan mucha disquisición en torno al tema.
A estas alturas, y ante la contundencia de los hechos, no me cabe duda de que nuestras luchas son lo más indigesto que puede haber para el sistema: es evidente que negarnos autonomía y autodeterminación constituye un objetivo primordial.

2 comentarios:

Vanidosa dijo...

Simplemente brillante "el papel del padre es de reparto". Muy bueno!!!

Anónimo dijo...

Muy buen artículo colega, besos

ERICA